La escultura de Nilda Comas y la memoria de San Mateo de Cangrejos
En la explanada de la fundición Del Chiaro, en Pietrasanta, san Mateo sostiene un cangrejo sobre la cabeza.
El bronce de Nilda Comas aún no ha llegado al lugar para el que fue concebido. Partirá hacia Puerto Rico, donde será instalado en el territorio que le da título: San Mateo de Cangrejos. Por ahora se alza ante el párroco, don Roberto Canale; el alcalde, Alberto Stefano Giovannetti; los invitados, y una representación puertorriqueña, entre cuyos miembros se encuentran Fernando Sumaza y Diana Sumaza, patrocinadores de la escultura, que han venido a acompañar su partida.
El santo está de pie, descalzo sobre una playa de bronce: la arena conserva huellas y conchas; un cangrejo asoma junto a sus pies; un rollo, acompañado de una pluma y un tintero, lleva grabados dos nombres… Más adelante se comprenderá por qué son dos. Desde allí, el cuerpo se eleva: la banda dorada con el nombre sobre el pecho, los brazos extendidos por encima de la cabeza, el rostro vuelto hacia lo alto. Y en la cima, sujeto entre las manos, el cangrejo dorado que retiene la luz.
El gesto recuerda una ostensión: algo es separado de su condición ordinaria y llevado al punto de máxima visibilidad. Aquello que la iconografía sitúa en la mano del evangelista, la escritura, yace aquí a sus pies, sobre la arena. En lo alto, el santo levanta un cangrejo.

Para comprender el gesto conviene recordar quién era Mateo. El Evangelio lo presenta sentado a la mesa de los impuestos, en el momento en que recibe la llamada. Recaudaba tributos para el ocupante romano, y su propia gente lo consideraba alguien de quien había que mantenerse alejado, un colaboracionista. Entre los Doce, es aquel cuya historia comienza bajo el desprecio de los demás. Y es su Evangelio el que conserva las palabras que el párroco lee durante la bendición, las Bienaventuranzas: los pobres de espíritu, los mansos, los que tienen hambre de justicia, los perseguidos. Palabras que sitúan en el centro a quienes la sociedad mantiene en los márgenes.
La escultura realiza un movimiento semejante. El cangrejo pertenece a las aguas poco profundas, a los canales, a los manglares, a la recolección cotidiana de quienes no poseen nada más. En la obra ocupa el punto más alto, el lugar reservado a un atributo sagrado o a un emblema de autoridad.
Para comprender qué es lo que se eleva, hay que volver al nombre del lugar.
Cangrejos era el nombre que los españoles dieron ya en el siglo XVI a una península de la costa de Puerto Rico abundante en crustáceos. La comunidad que allí creció no nació de un acto fundacional. Nació de personas: negros que ya eran libres, libertos y esclavos huidos por mar de las colonias danesas, inglesas y neerlandesas del Caribe. Una Real Cédula de 1664 prometía la libertad, además de una pequeña parcela de tierra, a quienes llegaran desde territorios enemigos de España.
No era generosidad. La Corona privaba de mano de obra a las potencias rivales y obtenía a cambio campesinos y hombres para la defensa de la ciudad fortificada de San Juan, mientras que, dentro de ese mismo ordenamiento, la esclavitud seguía siendo legal. Era una libertad dictada por el interés. Pero para quienes desembarcaban de aquellas embarcaciones era una libertad verdadera, y lo que hicieron con ella no lo decidió España.

El arte ha mostrado muchas veces cómo era el mundo del que huían. Nunca, sin embargo, con la evidencia de Slave Ship, de J. M. W. Turner, expuesto en 1840 y conservado hoy en Boston, que evoca la historia del buque negrero Zong: en 1781, ciento treinta y tres africanos sometidos a esclavitud fueron arrojados al mar, vivos y muertos, y el litigio posterior no fue un proceso por homicidio, sino una disputa entre aseguradores, porque, para el derecho de la época, aquellas personas eran mercancía. En el lienzo, casi todo es tormenta y luz; de los cuerpos solo quedan fragmentos en primer plano, unas manos, una pierna encadenada, que el agua engulle ante nuestros ojos.
La escultura de Pietrasanta realiza, sin embargo, el movimiento contrario. Del agua se extrae algo y se lo eleva. Para la población de Cangrejos, el mar no fue únicamente la ruta de la trata: fue también la vía por la que se recuperaba la libertad, y sus aguas poco profundas fueron el medio que les permitió vivir. Cangrejos, pescado, carbón y arroz salían de los manglares con destino a la capital, que dependía de aquella periferia considerada insalubre mucho más de lo que estaba dispuesta a reconocer.

Aquella libertad, concedida por cálculo, fue construyéndose con paciencia. La comunidad se procuró un lugar de culto, documentado al menos desde 1729, y milicias propias; en 1773 obtuvo el reconocimiento como municipio autónomo bajo el nombre de su santo: San Mateo de Cangrejos, el apóstol y los cangrejos enlazados en una sola denominación. Cuando en 1797 las tropas británicas desembarcaron precisamente en aquella ensenada, entre los defensores de San Juan había noventa y dos milicianos de Cangrejos, hombres negros libres que defendían una tierra que por fin les pertenecía.
Después, la historia cambió de rumbo. En 1862, un decreto suprimió el municipio y repartió su territorio; en 1880, el nombre Cangrejos fue sustituido por Santurce, tomado del título nobiliario de un empresario de la época. No sabemos si alguien quiso borrar una memoria; sabemos que ese fue el efecto, porque quien atraviesa hoy el barrio puede ignorar que bajo aquel nombre se encuentra la historia de una aldea construida por hombres y mujeres que habían escapado de la esclavitud.
Es en ese barrio donde irá a vivir el bronce: el encargo procede de un particular puertorriqueño y su destino es el parque público que conduce al Museo de Arte de Puerto Rico, en el corazón del actual Santurce. De las intenciones de quien promovió la obra sé lo que la ceremonia dejaba ver: una representación llegada hasta aquí para acompañar a un santo y a un cangrejo. Pero, como sucede con el nombre, lo que cuenta es el efecto. La obra devuelve Cangrejos exactamente al lugar que lo había perdido. Y lo hace por medio de una escultora nacida en San Juan, que continuó su formación en la Academia de Bellas Artes de Carrara y que hoy trabaja en Pietrasanta.
La escultura de Nilda Comas interviene exactamente en este punto. No puede contar por sí sola toda esta historia; necesita las palabras, los documentos y la memoria de quienes la custodian. Quien la desconoce ve a un santo que alza un animal extraño. Pero es precisamente esa incongruencia la que mantiene viva la obra: el cangrejo obliga a preguntarse por qué está ahí arriba.
En este sentido, es una parábola en bronce: como las parábolas, no ofrece una moraleja ya resuelta, sino que establece una relación y deja que sea quien mira quien la reconozca. De un lado, el apóstol que entró entre los Doce desde el punto más bajo, desde la mesa del recaudador y el desprecio de su propia gente. Del otro, el cangrejo, que conserva el nombre de una comunidad acogida por cálculo por un imperio que nunca había abolido la esclavitud y que, a partir de aquella libertad interesada, construyó una vida propia.
Las Bienaventuranzas, leídas ante la obra, dejan de ser una fórmula litúrgica y vuelven a ser un anuncio: los últimos no están destinados a permanecer abajo, y aquello que está abajo puede sostener todo lo que se construye sobre ello.
Cuando el bronce llegue a Puerto Rico, san Mateo llevará consigo el nombre de un territorio y la memoria de una comunidad que convirtió una concesión calculada en una vida libre.
Este artículo ha sido traducido automáticamente del italiano. El texto original refleja el pensamiento del autor; téngase en cuenta que pueden existir diferencias lingüísticas en la traducción.




